No recuerdo muy bien cómo sucedió, será porque los detalles del "background" son irrelevantes. (Es decir, lo que importa es el "qué", no el "cómo".)
Estábamos hablando de cosas más o menos triviales. Por qué no, como diría una antigua amiga, uno no necesita ir por ahí con un cartelito que diga "inteligente", diciendo cosas "inteligentes" todo el tiempo, para demostrar que uno es tal. La moraleja sería, entonces: la gente inteligente puede hablar de todas las banalidades que se le ocurra, y no por eso deja de ser inteligente.
Retomo: estábamos hablando de ésto y de aquéllo, no sé bien de qué, sólo sé que él escuchaba mis pavadas con una atención digna de... alguien que le pone ganas al acto de escuchar. Y ese silencio atento que percibí del otro lado, de "su" lado, me hizo sentir bien, y me generó algo que no puedo explicar bien, una especie de simpatía o de... ¿afecto?, no sé, pero me gustó que me escuchara de esa manera, su gesto hizo que él me resultara todavía mucho más agradable y más cercano.
Fue como un flash. Me sobrevino el deseo repentino de besarlo. Y entonces le dije, "Acerco mi cara a la tuya, y te doy un beso suave, lento y profundo". Fue como entrar en una película. Sé que le gustó mi beso, que además no tenía ni segundas, ni terceras intenciones. Era sólo un beso, y era un tanto naïf y un tanto inocente; respondía a las ganas de demostrarle cuánto me gustaba su silencio atento.
Fue uno de los momentos más dulces entre él y yo... Y cómo olvidarlo, si después me abrazó, y antes de que ambos nos sumiéramos en un silencio qué vaya a saber cuándo sería quebrado nuevamente, yo me di vuelta, respiré hondo y me dormí.
CON ÉL.
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