Ahí estaba yo, con mi trajecito gris perla, mi cartera y mis botas Prüne… Era la primera vez que iba al Museo, y me hallaba realmente absorta ante el retrato de tanta barbarie expeluznante… Verás, Dios, yo no quería molestarte, no fue mi culpa que se me soltara un eslabón de la pulsera de mi Rolex, y que el reloj cayese al piso justo delante de tus pies… Fue el destino, con sus jugarretas sórdidas y sus banalidades inconcebibles, no sé, no me preguntes, no tengo la respuesta.
Pero es cierto, creeme, Dios: yo no quería interferir en tu recorrido. Lejos estaba de mí importunar tu visita al Museo, distraer tu atención con mi persona, imponerte mi presencia.
Supe que eras un dios –“el” dios- cuando tu mirada se cruzó con la mía por primera vez. Creo que te diste cuenta de que yo estaba parada junto al retrato de mi bisabuelo nazi. Creo que lo reconociste, y que algo en mi semblante me traicionó, algo que tu superioridad innata pudo leer inmediatamente.
(Sin embargo ustedes, juden, tuvieron suerte por tener dinero y por apellidarse Rotschild. Tan sólo una de tu clan, Elisabeth, que no era Rotschild de origen sino que tuvo la mala fortuna de casarse con uno, murió en un campo de concentración… Todos ustedes, juden, se salvaron, se tomaron algún buque a Southampton o a New York en forma clandestina y tras haber sobornado oficiales nazis… Y se olvidaron de Elisabeth, claro.
Me miraste a los ojos con esa mirada perversa, Dios, y me abandoné a tu voluntad. Trastabillé, y estuve a punto de caerme al piso al darme cuenta de que con esa mirada ya habías empezado a ejercer tu poder omnipotente sobre mí...
Me hiciste pagar por esos crímenes contra tu familia que yo no cometí, Dios...
Ni siquiera te despediste de mí con un “hasta luego” o un “talk soon” después de haberme usado a tu antojo para satisfacer tus caprichos…
Si así es como querés que sea, Dios, entonces así será. No vas a volver a saber de mí nunca más. Desapareceré, me esfumaré, y me convertiré en recuerdo… Para siempre. Por tu voluntad. Porque tu deseo es mi ley, y yo obedezco.
Au revoir, Dios… A tus pies,
Anna Müller.