Me pongo a sacar la cuenta, y no lo puedo creer. Hace ya más de nueve meses (9 meses, 12 días) que hay un "perfect stranger" en mi vida.
¿Será exagerado decir "en mi vida"? ¿Sería mejor decir "en mi mundo"?
Bueno, pero "mi mundo" es "mi vida". Soy una mujer de lugares, tanto exteriores como interiores. Es más, creo que mi mundo interno es mucho, muchísimo más vasto y más inmenso que el segmento de mundo que han pisado mis pies.
Sí, él es parte de mi vida. Caló hondo en mis sentidos y en mi mente. Pasó mis filtros durante la primera noche, rompió mis esquemas, hizo temblar mis estructuras. Fue más de un mes respirando el aire que su intromisión dejó en la atmósfera de mi habitación. Fue más de un mes, luego, en un estado border provocado por su ausencia...
No sé su nombre, nunca vi su rostro, no conozco ningún detalle sobre su vida. A veces esto me hace enojar, y a veces me aplaco porque sé que es inútil enojarse con la nada.
Me impuso las reglas del "perfect-strangerism" desde el principio. He intentado, sistemáticamente, quebrar esas reglas una por una. A veces él simplemente me toleró, y otras me puso en mi lugar.
Lo odié, lo deseé, lo extrañé (todo a la vez), para después quererlo. Él desata toda la pasión, la libido, la lujuria y el delirio que hay amarrados en mi fuero íntimo. Él envuelve la noche alrededor de mi cuerpo cada vez que me dice que está ahí, conmigo, haciéndome cucharita y abrazándome.
Me cuesta creer que nunca vayamos a conocernos. Me cuesta creer que soy la que se apresura a entrar al chat telefónico cada vez que él envía un mail anunciando su reingreso. Me cuesta creer el peso, la incidencia que Max / Diego ha tenido y tiene sobre mi vida...
Ah, Dios, qué hacer, qué hacer con todo esto... Es la savia que corre por mis venas y nutre mis sueños más húmedos. NO PUEDO, NO QUIERO dejarlo ir...
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